La intimidad es tomada como aquello que pudiera ser el amor, lo planteamos en tono de duda, no tenemos un saber disciplinar sobre este sentimiento. Los textos que hemos tratado para este ensayo, a través de las diversas épocas, lo expresan como un exceso, aquello que está más allá de un límite, una exterioridad afectiva. Esta doble condición del exceso las más de las veces se expresa como una enfermedad o locura, un desajuste, pensar el amor sólo puede ser un gesto estético ligado a lo misterioso.
Las tramas en que se expresa este sentimiento común tienen un fondo de creencias de las cuales no nos podemos desligar. Una otra exterioridad: la crítica interna igualmente resulta cuestionable, y menos aún es posible una hermeneutica explicatoria. Y quizás lo mas cercano se encuentra fijado a las narraciones literarias, a la materialidad de lo narrativo...la poética...
La incertidumbre de un sentir que no es intercambiable, irreductible en su padecer, en su afección, cercanía de lo desconocido, familiaridad infamiliar.
Se señala si creemos a Heidegger respecto de las modalidades del “encontrarse”: “Lo que no se advierte es que la básica exégesis ontológica de lo afectivo en general apenas ha logrado dar desde Aristóteles un paso hacia delante que sea digno de mención. Por el contrario: pasiones y sentimientos caen temáticamente entre los fenómenos psíquicos, de los cuales funcionan por lo regular como la tercera clase, al lado de la representación y la voluntad.” (Ser y Tiempo, parág. 29).
En la actualidad no es en el propio seno de la esfera del amor donde se manifiestan sus reflexiones, sus cambios, sino, al parecer toda afectividad humana tendría un origen desplazado hacia la significación inmediata de un código, una semántica, un modelo.
En lo dicho se desprende un nuevo problema y no de los menores, ¿qué lugar cabe al pensar actual sobre el amor en la era cibernética?, ¿qué mutaciones sufre este pensar sobre el amor?.
La intimidad o el amor, es signado de múltiples formas en lo que podríamos llamar provisoriamente el discurso amoroso, sin querer ser exhaustivos: como amor ideal, amor clásico, amor romántico, amor desinteresado y universal ya sea religioso o místico, o el amor funcional. A cada uno corresponde una manifestación carnal, espiritual o técnica, y cada cual deja fisuras de una incomprensión y de lo inexplicable. Esta falta pudiera tener su raíz en un factor emocional que se sitúa más allá del lenguaje, de lo que puede ser explicado (oscuras profundidades del alma humana).
Desde Stendhal en Del Amor (1822) a Fragmentos de un Discurso Amoroso (1977) de Barthes, se esgrime la imposibilidad de un discurso filosófico sobre el amor que, sin tener una única comprensión de que pudiera ser esto último, plantea las dificultades de construir un discurso sin una experiencia, cristalización le llama Stendhal, novelización dice Sade, topos amoroso dice Barthes, todas estas categorías ponen de manifiesto un cierto espacio descriptivo o de simulación de los sentimientos amorosos, que establece una interioridad.
George Bataille escribe en El Erotismo teniendo como premisa esta experiencia interior: “El erotismo es uno de los aspectos de la vida interior del hombre. En este punto solemos engañarnos, porque continuamente el hombre busca fuera un objeto del deseo”. La interioridad es sustentada desde un yo subjetivo, un yo trágico. Al decir de Ernesto Sábato respecto de la novela: “para el artista…lo real significa algo más complejo, algo que sin dejar de lado lo externo se hunde profundamente en el yo. De esta compleja actitud ha nacido la necesidad de recursos técnicos que fueron desconocidos para la novela del siglo XIX” (Cfr. Sábato; Hombres y engranajes, Heterodoxia), o como dice Barthes: “el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad. Es un discurso talvez hablado por miles de personas (¿quién lo sabe?), pero al que nadie sostiene.” (Cfr. Barthes; Fragmentos de un discurso amoroso).
Pero con insistencia, un cierto automatismo respecto de la incertidumbre ha desplazado aquella relación ya superpuesta en los griegos de la verdad del amor, este lugar determinante en occidente de la escritura de toda afección. El automatismo evoluciona hacia un nivel de máxima abstracción, cuando éste es operacionalizado bajo el esquema del código binario digital, reduciendo su complejidad a una función, manifestándose en un cómo performático de codificaciones. La máxima performa tividad analógica del como, la más refinada de las sustituciones técnicas devenido algoritmo.
¿Qué ocurre con el amor, con la intimidad, con esta reducción de complejidad digital? ¿Un amor sin verdad, sin concepto? El amor se presenta o representa en escritura, un código como dechado que permite comprender o explicar ciertas épocas, una semántica del amor de acuerdo con cuyos principios se expresan, se forman o se simulan, paradójicamente, bajo gradiantes de incertidumbre lo impreciso referido a este pathos del ser humano.
Esta gradación que se desplaza, fluye, ocurre o no, bajo el supuesto de una actualidad incierta y una no actualidad cierta, tal componente técnico, reductor, está sustentado bajo una lógica matemática cibernética. Esto último, que una y otra vez sólo es indicado por variados autores se relaciona al cálculo Leibniziano o de Newton, bajo lo cual se validan (y se encuentra en cuestión la noción de demostración de las mismas) las proposiciones lógicas o matemáticas, los usos y costumbres, las leyes y la economía, todo un mundo ontológico sustrayéndose a un determinado patrón codificado, como lo dado en la selección azarosa.
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